La propuesta de 28 puntos impulsada por la Casa Blanca busca poner fin al conflicto entre Ucrania y Rusia, pero sus exigencias —favorables a Moscú— despiertan rechazo en Kiev y preocupación entre sus aliados occidentales.
El plan contempla medidas como el reconocimiento ruso sobre territorios en disputa —incluyendo Crimea, Donetsk y Luhansk—, la congelación definitiva de cambios territoriales, el recorte del ejército ucraniano a un tamaño reducido, y la renuncia de Ucrania a su ingreso futuro a la OTAN. Quienes promueven la iniciativa presentan estas medidas como una hoja de ruta para una paz duradera, respaldada por garantías de seguridad de Estados Unidos y sus aliados.
Desde Kiev, se advirtió que aceptar tales condiciones equivaldría a una capitulación ante Moscú y a una pérdida irreversible de soberanía: así lo han señalado autoridades ucranianas que rechazan de plano las cesiones territoriales y la restricción de su fuerza militar.
Por su parte, una parte del bloque europeo y países de la OTAN cuestionan la legalidad y moralidad de imponer un acuerdo que legitime conquistas territoriales por la fuerza, y advierten que podría sentar un precedente peligroso para conflictos similares en el futuro.
En medio de la presión diplomática, el plan ahora se halla en una encrucijada: sin certeza de que Ucrania acepte sus términos y con Moscú evaluando sus propias condiciones, las negociaciones muestran signos de estancamiento. Si no surgen ajustes significativos, la iniciativa podría quedar archivada antes de concretarse.






